International Journal of Research and Innovations 1(1) 2025
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El deterioro de la seguridad no eliminó la interdependencia. Por el
contrario, 2022 mostró que una relación puede debilitarse
políticamente y fortalecerse funcionalmente en otros ámbitos. La
intensificación del comercio, la movilidad y los flujos financieros
respondió en buena medida a factores externos, especialmente a las
sanciones contra Rusia y a la relocalización de personas y empresas.
De Waal (2024) identifica precisamente esta contradicción entre
distanciamiento político e interdependencia económica, mientras
Poghosyan (2025) subraya la importancia persistente de la
integración euroasiática para Armenia. En este sentido, la economía
actuó como un mecanismo de amortiguación de la crisis, aunque
también mantuvo relaciones de dependencia estructural.
Los hallazgos también sugieren que la diversificación armenia debe
entenderse como una estrategia gradual más que como una
sustitución inmediata de Rusia. La ampliación de los contactos con
la Unión Europea y otros actores internacionales respondió al
deterioro de las expectativas de seguridad y a la búsqueda de
opciones complementarias. Las fuentes posteriores incluidas en el
manuscrito interpretan esta tendencia como un intento de reducir la
exposición estratégica a Moscú sin desmantelar de forma abrupta los
vínculos existentes (Iborra, 2025; Kochinian, 2024). La viabilidad
de esa diversificación se encuentra limitada por la profundidad de
los lazos energéticos, comerciales, migratorios y de infraestructura
acumulados durante décadas.
En términos conceptuales, el periodo 2018-2022 puede interpretarse
como una transición desde una alianza basada en expectativas de
seguridad relativamente estables hacia una relación más pragmática,
asimétrica y sectorial. La política y la seguridad se volvieron
ámbitos de fricción, mientras la economía siguió generando
incentivos para la cooperación. Esta interpretación es consistente
con la caracterización de una crisis de confianza señalada por
Mourenza (2023) y Górecki (2023), y permite explicar por qué el
vínculo no se rompió incluso en los momentos de mayor tensión.
El estudio presenta limitaciones propias de un análisis documental
narrativo. Las fuentes son heterogéneas y combinan documentos
oficiales, medios de comunicación, centros de análisis y literatura
académica; por ello, no todas poseen el mismo nivel de evidencia ni
responden a criterios metodológicos equivalentes. Además, el
manuscrito de origen no establece un protocolo sistemático de
búsqueda o evaluación de calidad de las fuentes. En consecuencia,
los resultados deben interpretarse como una reconstrucción
histórico-analítica del periodo y no como una estimación exhaustiva
de causalidad. Investigaciones futuras podrían incorporar series
económicas verificadas de manera homogénea, análisis sistemático
de discursos oficiales y comparación con otros casos de alianzas
asimétricas en el espacio postsoviético.
Conclusiones
Entre 2018 y 2022, las relaciones entre Rusia y Armenia
atravesaron una transformación profunda. La alianza formal se
mantuvo, pero la confianza política se erosionó de manera
acumulativa a partir del cambio de gobierno de 2018, la Segunda
Guerra de Nagorno-Karabaj de 2020 y los episodios de inseguridad
fronteriza de 2021-2022. La percepción armenia de una respuesta
insuficiente de Rusia y de la OTSC favoreció la búsqueda de una
política exterior y de seguridad más diversificada.
Las remesas procedentes de Rusia habían representado una
proporción relevante del producto interno bruto armenio antes del
periodo analizado, lo que refleja la profundidad de una dependencia
acumulada durante décadas (Banco Mundial, s. f.). Entre 2018 y
2019, el cambio de gobierno no produjo una ruptura visible de los
principales vínculos económicos ni una salida significativa de
capital ruso.
En 2020, la pandemia de COVID-19 y la guerra de Nagorno-
Karabaj coincidieron con una contracción del 7,2 % del PIB
armenio, de acuerdo con los datos recogidos en el manuscrito. El
comercio bilateral se redujo temporalmente por las restricciones
sanitarias, las dificultades logísticas y la inestabilidad regional. Tras
el alto el fuego, los gobiernos retomaron proyectos orientados a
restablecer conexiones de transporte y comunicaciones, aunque
varias de estas iniciativas permanecieron condicionadas por disputas
políticas y de seguridad.
En 2021, la economía armenia inició una recuperación y el
intercambio con Rusia volvió a aproximarse a niveles previos a la
pandemia. La estructura comercial mantuvo su patrón tradicional:
Armenia continuó dependiendo de suministros energéticos y otros
bienes procedentes de Rusia, mientras exportaba alimentos,
manufacturas y materias primas. La continuidad de los mecanismos
preferenciales dentro de la UEEA contribuyó a sostener estos flujos.
El mayor cambio se produjo en 2022. Las sanciones occidentales
contra Rusia y la reorganización de las cadenas de suministro
aumentaron el papel de Armenia como espacio de tránsito,
intermediación comercial y destino de ciudadanos y empresas rusas.
Las exportaciones armenias hacia Rusia crecieron con fuerza y la
llegada de capital y trabajadores contribuyó a dinamizar sectores
financieros y tecnológicos (ACSSI, s. f.; Azatutyun, 2023). El PIB
armenio registró un crecimiento de dos dígitos en 2022 según las
cifras citadas por las fuentes del estudio. Así, el deterioro de la
confianza política coexistió con una intensificación de determinados
vínculos económicos.
Los resultados evidencian un desacoplamiento progresivo entre la
dimensión político-estratégica y la dimensión económica de las
relaciones ruso-armenias. La literatura analizada coincide en que el
cambio de 2018 no produjo una ruptura inmediata con Moscú, pero
sí alteró el marco de confianza sobre el que se había sostenido la
alianza. La continuidad institucional observada entre 2018 y 2019
convivió con sospechas mutuas y con una mayor sensibilidad
armenia frente a la dependencia exterior (Górecki & Strzelecki,
2018; Markarov, 2021). Esta coexistencia explica por qué la
relación pudo conservar mecanismos formales mientras se
deterioraba gradualmente su legitimidad política.
La guerra de 2020 fue el punto de inflexión más importante del
periodo. Desde la perspectiva rusa, la mediación permitió frenar las
hostilidades y reforzó su presencia como actor indispensable en el
proceso de paz; desde la perspectiva armenia, la ausencia de una
intervención militar directa puso en cuestión el significado práctico
de la alianza. La tensión entre estas dos interpretaciones ayuda a
comprender la posterior crisis de la OTSC. Chawryło (2020) ya
caracterizaba la posición rusa como una neutralidad calculada,
mientras que los episodios de 2021 y 2022 ampliaron la percepción
armenia de que las garantías colectivas tenían límites operativos
(Reuters, 2022).